Una forma de disfrutar guiada por la memoria

Pueblos de Álava, de abuelas a nietas y nietos. Laudio - Llodio.
De abuelas a nietas nietos

Carmen Olabarria

Carmen Olabarria sabe bien lo que es vivir en el monte. Con el de sus padres, el caserío Kastañitza, eran tres los caseríos que rompían la ladera en el barrio Larrazabal. 

Allí transcurrieron los primeros años de su vida, en un ir y venir sin descanso por caminos en los que abundaba el barro, y estradas y senderos que atravesaban el verde de las campas. Su padre murió cuando ella apenas tenía 6 años, y con 7 empezó a ir a diario a la escuela en Laudio, donde las monjas, que tenían una especie de graderío para los más pequeños; allí les enseñaban los números con tablillas de madera. 

Cuenta que las más mayores sí tenían pupitre, y que en la planta de arriba estaban las alumnas más espabiladas o quizá eran las más “pudientes”, las de las familias ricas; “a las más torpes nos mandaban a la mesa negra, castigadas”. Aquel colegio tenía huerta y hasta gallinas. 

Recuerda que bajaba por los caminos, en dirección a la escuela, con una cantina de leche, no muy grande, con un par de litros quizá, para algún cliente de su madre.

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Carmen con su familia delante del caserío de Markuartu. Álbum familiar.
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Carmen con su marido Martín en la romería de santa Lucía, en el Yermo. Álbum familiar.
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Felisa Arza con el burro por San Juan, volviendo de vender en Laudio. Álbum familiar.

Con la burra y los cestos cargados

La madre de Carmen se quedó viuda muy joven, con cinco hijas e hijos que sacar adelante. Lo consiguió trabajando en el campo y vendiendo en el pueblo leche, fruta y todo lo que era capaz de sacar de la tierra. Allí iba ella con los cestos cargados en la burra, hiciera el tiempo que hiciera.

Carmen dejó el colegio con tan solo 10 años, porque hacía falta en casa, y no tardó en ir a servir. “A mí nunca me pagaron nada, a mi madre no lo sé”. Aquella familia adinerada, que veraneaba en Laudio y algún parentesco debía de tener con su casa, se la llevó dos años a Madrid, de donde sobre todo recuerda las tardes del domingo en el Retiro y en la casa de las fieras, en el único rato que tenía libre a la semana.

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Carmen con sus hijas Bego y Mentxu
hoy en lo que queda del caserío Kastañitza.

Los marqueses de Urquijo

Entonces los ricos se distinguían y mucho, sobre todo los marqueses de Urquijo, que eran dueños de casi todo el pueblo. “El nuestro no, pero muchos caseríos eran de su propiedad y la gente vivía de alquiler”. En la iglesia, las dos primeras filas eran reclinatorios reservados para ellos. Los jardines, los palacios y “hasta los conejos que tenían subiendo a Ugarte eran una preciosidad”. Carmen recuerda a un señor, un tal Raimundo, que acudía a diario a la estación a recoger el correo del marqués.

Aquello era la luz

El 16 de mayo de 1959, con 21 años, salió de casa vestida de novia en dirección a la iglesia para casarse con Martín Muguruza Mandiguren. Celes Muguruza, el que a partir de ese día sería su cuñado, acompañó a los novios tocando la armónica por las campas, hasta que llegaron a la carretera, donde les esperaba Luis Sanz con su taxi.

Comieron en el caserío con toda la familia y el viaje de novios fue a Donostia, donde descubrió el mar, aunque no llegó a bañarse. Regresaron enseguida a Markuartu. Allí compartió su nueva vida con el suegro, cuatro cuñados solteros y una cuñada aún jovencita. “Kastañitza estaba mal y aquello un poco peor; ni luz ni agua había”.  Andaban con candiles de petróleo y de carburo, “y unas bombonas de butano que compramos para ver algo más”.

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Fotógrafo Juan Antonio Urquijo, cedida por Jose Mari Castillo.

Por atajos y senderos

La mayoría de las mujeres trabajaba en la tierra y en casa. Y cuando llegaba la hora de parir buscaban el apoyo de otras mujeres para traer a sus hijos al mundo, aunque eso significara recorrer kilómetros. 

En cuanto Carmen sentía los primeros dolores echaba a andar, bajaba la cuesta, cruzaba el río, y subía a casa en busca de algo de ayuda, porque en Markuartu poco la iban a poder ayudar. Mandaban a buscar a la comadrona a Laudio, a veces con la burra para que subiera más cómoda, y otras andando. No había carreteras, no había camino siquiera, todo lo hacían por atajos y senderos, la mayor parte del tiempo embarrados.

Por eso llevaban a cuestas los zapatos limpios cuando bajaban al pueblo. Las albarcas se quedaban en el patio de Luisa, que estaba frente al cuartel viejo, hoy avenida Zumalakarregi, hasta que volvían a subir a casa por los mismos tramos de tierra mojada.

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Carmen haciendo talo por San Juan. Álbum familiar.

Talos y morcillas 

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Agosto 1970. Foto cedida por Jose Mari Castillo.

En Laudio la vida ha sido muy diferente. En cuanto sus hijos se hicieron algo más mayores se interesó por el Centro de Promoción de la Mujer, “que siempre se aprende algo”, y cuando pusieron la primera guardería ahí estuvo ella, cuidando de los peques.

Y cuando hace unos cincuenta años, Vicente Urkijo, del caserío Lekandazar, quiso recuperar las costumbres de la zona y les propuso a Carmen y a otras mujeres volver a hacer talo y morcillas, no lo dudaron. Las primeras morcillas las hicieron en el pórtico de la iglesia, y seguido el talo en San Juan. 

Allí se preparan hoy largas colas de gente esperando su turno para disfrutar de un buen hacer que ha pasado a la segunda y tercera generación. Hijas, nietos y nietas han cogido el testigo del talo por San Juan. Tampoco faltan en la feria de San Blas.

Amaia y Helene viven muy de cerca los sabores de la tradición transmitida por Carmen. En sus casas también se hace talo, y el camino a Larrazabal lo transitan constantemente, eso sí, en coche. Los ritmos de la vida han cambiado, pero para estas dos mujeres de hoy en día “amama sigue siendo amama, es nuestro origen”.

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Iratxe Larrazabal delante de su horno de pan.

Pan de Markixana 

En el caserío Markixana, perdido en el monte, tan lejos que ni muchos del pueblo lo conocen, Iratxe Larrazabal hace pan desde los 18 años. Aquí vive con su hermana y la familia de esta. Aprendió de su madre y se sacó el carné de conducir con aquellas primeras hogazas.

Con una producción de 80 panes a la semana, que salen de este horno de leña, Iratxe los ofrece en el mismo caserío o en la plaza de baserritarras de Laudio los jueves, junto con una buena hornada de choripanes. No sobra nada, y es que la sencillez es la que manda: harina de trigo, agua, sal y un poco de levadura. La pamitxa, de txintxorta de txarri, solo en la temporada de la matanza.

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Avenida Zumalakarregi. Años 80. Foto: Motes.

Una urbe muy rural

Laudio parece una pequeña ciudad, llena de comercio y bares y restaurantes. Tiene una vida vibrante, que ha atraído a su núcleo a los habitantes de todo el valle de Ayala y alrededores. Se le ha llegado a conocer como ‘el valle del vidrio’, capital del sector. Aquí están Vidrala, Guardian, pero también Tubacex y otras.

Sin olvidar Aceros de Laudio, la mayor empresa que ha habido en el municipio y que hizo despegar la población del lugar.

Y en torno a este agitado centro urbano están los barrios: Ugarte, Larrazabal, Areta, Gardea, etc. Es fácil perderse por los caminos vecinales, entre caseríos que recuerdan otro tiempo pasado, montes en los que se sigue haciendo entresaca de madera, huele a horno de leña y la vida transcurre lenta.

Contrastes que todos y todas valoran y disfrutan entre ferias, tradiciones y días de celebración.

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Ni agua, ni luz, ni carretera"

Carmen Olabarria

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