Una forma de disfrutar guiada por la memoria

Pueblos de Álava, de abuelas a nietas y nietos. Ayala.
De abuelas a nietas nietos

Juli Etxebarria

Julia, Juli para quienes la conocen, creció en un caserío en Mimenza, un barrio de Llanteno, uno de los pueblos más emblemáticos de Ayala, próximo a Artziniega y en el que se alzan algunas de las casas torre más importantes y significativas, como son la torre de Zubiete o la de Ureta. 

Allí aprendió que la vida es trabajar y que casi todo se puede solucionar con más trabajo. Cuidar de las ovejas primero y luego ir a las vacas es lo que más le ha gustado siempre, quizá por la sensación de libertad que le daba estar al aire libre, monte arriba monte abajo, ayudándolas en los partos, protegiéndolas de los lobos, a lomos de su yegua Lucero.

Aquel animal la entendía incluso sin que le hablara. Y allí iban las dos, ya de mozas, tras el rebaño, y con falda, aunque fuera remangada.

Casi centenaria, recuerda con viveza los tiempos antiguos. De hecho, sus ojos claros brillan al narrar cómo hacían quesos, en cestillos de mimbre, que luego llevaban a vender a Artziniega, al bar tienda de Escoli, y los domingos en el mercado. Ya casada y pasados algunos años regularizó su situación de ganadera con la Seguridad Social, una cotización que le ha procurado una pensión propia, algo no tan habitual entre las mujeres del campo.

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Vender leche para comprar en el bar de Satia

“Se bajaban las marmitas de leche a la carretera, luego se pusieron las máquinas de ordeño y ya subía el camión”. Las cuatro hermanas, porque los cuatro chicos tenían otras tareas asignadas, iban a vender leche a Balmaseda, Bilbao y Baracaldo, con las marmitas en el burro y andando. Salían de casa todavía de noche, y tardaban en llegar a su destino casi la mañana. 

Con el dinero compraban azúcar, aceite y alpargatas en el bar de Satia, un caserío en la misma carretera, en Llanteno; “la salvación de estos pueblos”. Allí se preparaba también el baile en cuanto llegaba el acordeonista, y no era raro que algún mozo de Sodupe o de Amurrio se acercara a bailar con las guapas del lugar, las mismas que tenían totalmente prohibido entrar en el bar y en cuanto asomaba el anochecer tenían que correr a casa.

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Romanticismo en el barrio Pétiz

Juli Etxebarria tiene 96 años, a la vez que su biznieta, Sylvia, estrena la mayoría de edad. Para esta joven que vive con sus padres en la casa de al lado, en este mismo lugar lejano y silencioso, las historias de Juli no son desconocidas, pero aquello de los bailes le resulta “muy romántico”.

El barrio Pétiz, en Llanteno, es un lugar mágico desde el que se intuyen las casas rurales que se han abierto recientemente en la zona, Satia Berri, “y que siempre están ocupadas”, pero la vegetación no permite adivinar más que un trozo de tejado escondido entre el verde. 

El halo de romanticismo llega hasta el mismo cementerio de Llanteno, camino de Artziniega. Uno de los más hermosos de Álava. Se trata de una donación de Mateo de Murga y Michelena al pueblo en 1851. A cambio obtenía la licencia para construir en él una capilla funeraria que sirviera de enterramiento a su familia. 

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De viaje de novios a Bilbao en taxi

Han cambiado mucho las cosas, de eso no cabe duda. Juli conoció al que sería su marido en la escuela, siendo muy niña. “Mi padre le dijo: tengo una hija muy guapa y la voy a guardar para ti. Y aunque me seguían bastantes yo no estaba para nadie que no fuera él”.

Y lo que se forjó en aquella escuela duró toda la vida. Se casaron de luto, de negro riguroso, y se fueron de viaje de novios en taxi a Bilbao “a comer lo que nos dio la gana en las Siete Calles”. Y por fin se quedaron a dormir; “a estrenarnos” dice ella risueña. 

Entonces las chicas no hablaban de lo que habría de suceder por la noche, pero Juli tenía una hermana mayor y una cuñada, Fabia, con las que la confianza crecía cada día. 

Solo su recuerdo le hace pensar en la solidaridad de entonces, en cuando iban a lavar al río y a tender la ropa a la intemperie, para ver si se secaba o había que llevarla a casa. 

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La familia y el campo se transforman 

El trabajo, siempre mucho, también ha ido transformándose, y después de las ovejas llegaron las vacas, a veces para sustituirlas y otras para sumarse. Fueron muchos los caseríos que cambiaron la lana y el queso de la oveja por la leche y la carne de la vaca, porque hubo un tiempo en que esta última parecía que podía dar más beneficios.

La leche también había que venderla, al principio llevándola en la burra a las urbes. Después apareció el camión cisterna, que pasaba por Llanteno y allí iba la yegua de Juli, Lucero, enfilando la cuesta cargada con las cantinas, sabiendo dónde tenía que parar para que le descargaran.

Y años después la leche dejaría de ser rentable, y las vacas eran para carne. 

Marian, la hija de Juli, se hizo cargo de la ganadería cuando su padre enfermó. “Mi vida ha sido como un geriátrico en pequeño”, dice esta hija, madre y abuela que enviudó con 40 años y que ha cuidado de la familia y del ganado cuando su mayor deseo hubiera sido ir a estudiar a la Universidad.  “Si de algo me arrepiento es de no haberlo hecho, pero mi madre tenía esos miedos de antes, y así sucedió”.

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Una fragua y mucha familia

A sus nietas les cuesta creer que Blanca Udaeta, por ejemplo, no se pusiera pantalones de joven, y que anduviera en moto o a caballo sentada de lado porque la falda no le permitía hacerlo a horcajadas. Hasta cumplidos los 60 años no se puso un pantalón. 

Ha trabajado en la cuadra, ordeñando y sacando basura, toda su vida. “Había que tener arranque, porque la carretilla era de madera, hecha por su marido, que ya vacía pesaba lo suyo. Si parabas ya no arrancabas”, recuerda. 

Cecilia Padura es su cuñada. En su casa estaba una de las fraguas más antiguas que se conservan en Ayala, donde ayudó a su padre hasta que se casó, como hizo su madre siempre, bien fuera dándole al fuelle, al martillo, remachando o serrando. “Aquello me gustaba más que el campo; se veía la labor que hacías”, asegura.

Estas dos mujeres, que se conocen desde siempre y se tratan como hermanas, no dudan en asegurar que todo lo que ellas cuentan “sucedió ayer”. Para sus nietas hay otra distancia, pero no se alejan mucho de la familia y del pueblo, aunque reconocen que el coche es más que necesario para seguir vinculadas. 

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Un pueblo de ricos

Julita Guerra Ortiz nació en el barrio Jauregui, en la misma casa en la que vive actualmente. La logró comprar junto a su marido, pero sus padres siempre vivieron en ella de alquiler, porque era propiedad de la Papelera. Había muchos caseríos en renta. Aquí cuidó de sus padres “al amor del fuego” hasta que murieron. 

Era bastante habitual que las jóvenes fueran a servir a la ciudad. El contacto llegaba fácil, porque este era un pueblo de ricos: Mc Crohon de Madrid, Ibarra, Usandizaga, Lastagaray de Bilbao. “Estos últimos celebraban el día de El Pilar. ¡Qué era aquello! Había hasta fuegos artificiales, venían todas las jóvenes de la Sección Femenina de Bilbao”, recuerda. 

Este era un pueblo pequeño pero bonito, aunque sin luz ni agua corriente cuando ella era joven. “La luz llegó antes. Eran postes de acacias, y los hombres del barrio ayudaron a ponerlos”.

En cuanto empezó la asociación de mujeres de Menagarai se apuntó. Ahora ya son pocas. Las jóvenes hoy tienen otras cosas que hacer, pero antes venían desde Llanteno y de otros pueblos de la zona. “Aquello mejoró la vida de muchas mujeres”.

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La llegada del automóvil 

La llegada del coche cambió la vida en los caseríos de la zona. En el caso de Julia fue un 600. “Mi marido fue a Vitoria a por un seiscientos, nadie lo tenía en el pueblo más que un hermano mío, íbamos con el 600 a todas partes”.

Las mujeres ayalesas no han dudado en sacarse el carné de conducir en cuanto se les ha presentado la ocasión. La ubicación de sus caseríos, muchas veces alejados del núcleo urbano, favorecía una decisión que les aportaba, entre otras cosas, cierta independencia.

Pueblos de Álava, de abuelas a nietas y nietos. Ayala.

Avanzar

Mirando a estas mujeres es fácil ver que el mundo está cambiando rápidamente. 

La vida de Juli nada tiene que ver con la de su biznieta, que observa con cariño aquella forma de estar las mujeres en el mundo, pero ella no se ve a sí misma haciendo ese papel. “Lo importante es tener la libre elección, tú misma decidir qué quieres hacer”, argumenta.

El mundo ya no es como era antes. Entonces era una fragua a la que llegaba el carbón desde la estación de La Robla y de la que salían las ruedas para los carros; hoy es un coche el que trae y lleva a las nuevas generaciones por los mismos caminos con otros sueños y libertades, pero parecido sentimiento de pertenencia a un lugar tan especial como es Ayala.

Pueblos de Álava, de abuelas a nietas y nietos. Ayala.
Yo quería lo de antes, había un respeto muy grande"

Juli Etxebarria

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