
La tienda de un pueblo es un lugar mágico. Allí se esconden los mayores tesoros del uso diario de las casas vecinas. ‘El ultramarinos’ también se le llama; un lugar no tan pequeño, en cuya trastienda se pueden encontrar alimentos para el cuerpo y herramientas para el campo entre otros muchos aparejos.

Qué es un pueblo pequeño, como los nuestros, sin su tienda, donde la vida transcurre al interior de sus paredes casi con tanta intensidad como fuera de ellas. Ese rato de compra diaria, que invita al saludo y a la breve charla, a reconocerse unas y otros como vecinos y vecinas de un mismo lugar, como parte de una comunidad, de un entorno, y de una forma de entender y de hacer las cosas que les une más allá del artículo que han ido a buscar.
De todo a todas horas
La tienda de Luci Santos, en Elciego, no tiene trastienda propiamente dicha, de ella se accede al portal por el que se sube a su casa. En ese mismo portal su cuñado le instaló estanterías para poner los regalos navideños y así poder desocupar el salón del hogar.
En esta calle había hasta tres tiendas no hace tanto tiempo, pero ya solo queda la suya abierta. “La gente gastaba en el pueblo, ahora traen de Logroño hasta un litro de leche”, comenta Luci sabiendo que ya no hay vuelta atrás.
Antes, cuando ella trabajaba, resultaba costoso y difícil ir a la ciudad, aunque la distancia es la misma que hoy, apenas 20 kilómetros entre campos de vides. Sin embargo, ahora hay muchos coches y autobuses, a cualquier hora, que les conectan y, salvo que te dediques al vino o a la restauración, Elciego hoy ofrece pocas alternativas a sus nuevos hijos e hijas.
Enar, la nieta de Luci, lo tiene claro. A sus 25 años es la única de la cuadrilla que sigue viviendo aquí, y aunque le gusta y nunca va a perder la conexión, sabe que se tiene que marchar. “He nacido ya en el bajón del pueblo, pero mi madre y mi abuela vivieron otra vida, había más actividad”.
Benditos domingos
Su abuelo, Simeón, el marido de Luci, tuvo una bodega al lado de la de Riscal: Viñadores Artesanos, y él mismo se encargaba de repartir la producción propia. Se pasaba allí el día, y los sábados y domingos se organizaban buenas reuniones con los amigos en el merendero que había acondicionado a tal fin.
Eran tiempos divertidos a los que Luci también se apuntaba, aunque la tienda no se cerrara ni en festivo. Tuvo que llegar un alcalde, un tal Salamero, que les obligó a cerrar los domingos “y eso nos dio la vida”. Allí se despachaban alimentos, artículos de mercería, menaje, ropa, accesorios, juguetes… y cuando no era un cliente era un viajante, pero la puerta siempre en movimiento. O el timbre sonando y había que retirar la comida del fuego para bajar a atender, aunque no fuera hora.

Prohibido bañarse juntos
El río Ebro es el encargado de bañar estas tierras vinícolas, pero sus aguas, a su paso por Elciego, no son las más propicias para el chapoteo. “Había ollas, o remolinos” recuerda Luci. Quizá por eso, o por otras circunstancias, las piscinas de Elciego fueron de las primeras que se construyeron en Rioja Alavesa.
Luci cuenta que fue cosa del general Gallarza, “qué hizo muchas cosas por el pueblo, como enchufar a los que entonces iban a la mili, o mandar hacer las casas baratas, las que entonces eran las casas nuevas”.
Entonces en las piscinas las chicas entraban a una hora y los chicos a otra, porque estaba prohibido bañarse juntos. Allí aprendió Luci a nadar, poco a poco y con la ayuda de algunas jóvenes.
Todas y todos con viñedo
Quien más y quien menos tenía un viñedo o una pequeña bodega, y esa era la vida de todos en el pueblo. Y cuando llegaba un granizo fuerte que estropeaba la cosecha o una helada que quemaba el campo, enseguida se sabía quién padecía la pérdida el resto del año. Hubo épocas duras, porque la tierra siempre tiene sus años de pérdidas, y entonces llegaba aquello de fiar a quien lo necesitaba “a veces durante meses. Pero qué otra cosa podías hacer si lo habían perdido todo”, recuerda Luci.
Hoy Regina, su hija, mantiene una pequeña parte de todo aquello. La intensidad de la vida es otra en estos lugares que pueden ser de ensueño, pero que inevitablemente acarrean riesgos.

Siempre ellas
La tienda que tradicionalmente estaba a nombre de un hombre, siempre la gestionaron las mujeres. Pero para disfrutar con la gente que una quiere también hay que sacar el momento. Y Luci de siempre ha sido disfrutona. En la tienda el turno actualmente es de Regina, la hija de Luci, pero esta última, con 88 años no deja de pasar por allí casi a diario y hasta hace bien poco mandaba o corregía algo que no le gustaba cómo se lo habían dejado. ¡Genio y figura!




