
Las mujeres y el vino
En Elciego prácticamente todas las familias tenían su campo y sus vides. Unos hacían vino que luego vendían y otros directamente llevaban las uvas a las bodegas. De aquellas bodegas hubo una, El Riscal, por la que pasaron numerosas mujeres a trabajar. Eran las eventuales. Marina Rueda estaba entre ellas.
El Riscal no era una bodega más, era y sigue siendo la gran bodega. Empezó su andadura en 1858, lo que la posiciona en la más antigua del territorio, y desde entonces no ha dejado de producir vino y de innovar, convirtiéndose en un referente mundial. Aportó muchas cosas nuevas a la industria de la época, como la malla metálica que cubría las botellas, conos de madera de fermentación, uso de barricas de 225 litros o botellas en posición horizontal. Su historia forma parte de la historia de este pueblo y de sus gentes.
Allí Marina y sus compañeras embotellaban, ponían mallas, o lavaban las botellas en una vieja máquina industrial. Cuando había trabajo las llamaban. Todas mujeres, muchas llegaban desde Navaridas, y algún encargado que siempre era hombre.
Trabajaba durante 8 horas, al principio partidas “y después todo seguido”. Luego, en casa, también hacía fundas de saco para las botellas de otra bodega, y así añadía algo más al escaso salario.
Eran otros tiempos y las diferencias entre hombres y mujeres, enormes. Las coetáneas de Marina -nacida en 1934- no conocieron mujeres encargadas, ni contratos fijos o cestas con jamón como las de los hombres. Pero lo que en un momento puede parecer normal por habitual “acabó por no gustarme”.

De eventual a autónoma
Se cruzó ante ella la ocasión y no la desperdició. Había cumplido los 50 años cuando abrió la primera degustación que hubo en el pueblo. Desde las 8 de la mañana estaba dando cafés, y después todo seguido: chocolate, pasteles y chuches para los más pequeños, hasta las 10 de la noche que echaba la persiana. “Nunca he sido tan feliz”, recuerda risueña Marina a sus bien llevados 91 años.
Aquello fue una oportunidad de oro para sus vecinas, que no solían entrar en los bares o tabernas del pueblo, una costumbre reservada más bien a los hombres. Este nuevo local les ofrecía un espacio de ocio y socialización que alegró sus vidas y la de la dueña.
Elciego ha cambiado mucho ante los abiertos ojos de Marina, y el mundo del vino también. Los pequeños viñedos familiares se quedaron pequeños para las nuevas generaciones y durante un tiempo los jóvenes quisieron ampliar sus tierras para producir más. “Sin embargo, hoy la viña no es un negocio rentable”, asegura.