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Pueblos de Álava, de abuelas a nietas y nietos. Vitoria-Gasteiz
De abuelas a nietas nietos

Sara Aguirre y Bea Varas

Naiperas

Allá en los 70, durante los últimos años de franquismo, dos jovencitas de 18 años iniciaban con ilusión la profesión más vitoriana que se podía ejercer en esa época: la de naiperas.

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Sara Aguirre y sus compañeras en los años 70.

Por recomendación

Sara Aguirre y Bea Varas entraron a trabajar en Naipes Heraclio Fournier por recomendación de un familiar, como la mayoría de los 700 empleados de la fábrica de barajas de cartas más famosa e internacional, fundada en Vitoria en 1870.

Entonces no se estilaba lo de echar el curriculum porque lo que contaba eran los contactos. En el caso de Sara la recomendó su padre, que ejerciendo de tornero de Fournier sacó adelante a 9 hijos. Bea incluso prefirió Fournier a los famosos almacenes Galerías Preciados y dieciséis años estuvo de naipera para luego cambiar de rumbo y hacerse auxiliar de clínica.

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Las escogedoras en la antigua fábrica en San Cristóbal. 1950-1970. Photo-Araba.

Fournier daba caché

En aquella época en Vitoria, las pocas salidas de las chicas de clase trabajadora era el mostrador de una tienda o entrar en alguna fábrica, como la de cremalleras Areitio o Esmaltaciones San Ignacio de pucheros y cazuelas, y si había suerte pues Fournier, que “era más de señorita y el trabajo más limpio, no te ensuciabas”. “Era intenso, pero se llevaba muy bien, éramos jóvenes”.

Premios y castigos

Trabajar en Fournier daba caché y mucho más. Los dueños -Félix Alfaro y su hijo al que apodaban ‘el barbas’- a través del gerente “un hombre enorme”, trataban a las naiperas con premios y castigos que, a veces, hasta “hacían llorar y mearse de miedo en la silla”, como si fuera n, más que trabajadoras, unas escolares.

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Consultorio médico de la empresa en la antigua Fábrica de Naipes Heraclio Fournier en San Cristóbal. 1950-1970. Photo-Araba.

Ayudas educativas y médicas

La familia Alfaro también cuidaba a sus trabajadoras con buenos sueldos, pagas extras, ayudas educativas y también médicas, que en ese tiempo hacían de las naiperas unas privilegiadas. “Incentivaban para que estudiáramos con dinero y viajes, e incluso había una biblioteca en la fábrica. Además, las bajas por enfermedad nos las pagaban al 100% y también el dentista”.

Cuando te casabas te daban una dote en forma de paga y estaba mal visto seguir trabajando porque la gente “podía pensar que tu marido era incapaz de mantenerte”. No fue el caso de Bea y Sara cuyos novios, como los de todas las naiperas, iban a buscarlas a la salida del trabajo.

Cobrar menos que un peón varón

Sara estuvo en la sección de “escogido” revisando las cartas para garantizar la calidad, de ahí le queda un manejo con los naipes casi de crupier. Bea empezó en la sección de dorado de los naipes especiales y luego pasó a trabajar con las máquinas troqueladoras.

Eran otros tiempos donde las mujeres no ocupaban puestos de mando y siempre ganaban menos que los hombres; de 700 trabajadores en Fournier 500 eran mujeres, pero todas cobraban menos que cualquiera de los empleados varones porque su categoría estaba por debajo de la de los mozos de almacén.

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Te reñían en la jaula de cristal"

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