Una forma de disfrutar guiada por la memoria
Ayala evoca rebaños pastando en la sierra, aldeas dispersas de las que emana el olor de la hierba fresca y del queso de oveja, casas torre y solariegas que pertenecieron a otro tiempo, ermitas humildes y grandiosas iglesias.
Ayala se refugia en la Sopeña, esa ladera bajo la Peña, donde la naturaleza forma parte de la vida de la gente, alimentándose siempre en ambas direcciones. Pueblecitos recónditos y llenos de historias.
A menor altura Respaldiza, con la vida más ajetreada pero sin abandonar el ritmo rural, o Menagarai, Llanteno y un largo camino de encuentros. En Luyando está el Árbol Malato, un hito fronterizo reivindicado en el Fuero de Bizkaia, y sobre manera reclama la atención de todo el que se adentre en este valle el Conjunto Monumental de Quejana. Allí resplandece la casa fuerte, el Palacio de los señores de Ayala, mandado construir por Fernán Pérez de Ayala en el siglo XIV.
Es en este hermoso y recóndito lugar donde se encuentra el sepulcro de los Cancilleres, una joya arquitectónica que se puede visitar y conocer una de las historias más valiosas de Álava. Aquí se celebraba la feria de San Juan y llegaban bueyes y caballos incluso desde Galicia. La casa de Marian Isasi se convertía en restaurante por un día: “Levantaban las habitaciones, se llevaban los muebles al camarote, y se ponían mesas para dar de comer a los visitantes”, recuerda.
La memoria de Ayala
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