Es la patrona de la villa, muy querida desde siempre, la típica Andra-Mari vasca del siglo XIV. Su ermita, en el centro del pueblo, la reconstruyeron en el siglo XVIII los propios vecinos con piedra de la ermita original, que se había derrumbado, y con préstamos avalados con sus propias viñas. Lo más curioso del edificio es el ángulo achatado – al chaflán lo llaman ‘el Ochavado’-, que se hizo para no quitar la vista de la plaza al Palacio del obispo Navarrete Ladrón de Guevara.
Hubo siempre cierta rivalidad entre la ermita de la Virgen de la Plaza y la iglesia de San Andrés -la que construyeron las familias poderosas en la parte baja del pueblo-, y en ocasiones ni los curas querían subir a la ermita, considerada la iglesia del pueblo llano.